jueves, 29 de agosto de 2013

Copiando el blog de Jorge


Creo que el problema estuvo en que creía tener las ideas muy claras pero esas ideas  no  funcionaban en el lienzo. Esto ocurre muy a menudo, por lo menos a mí. Y no era capaz de buscar soluciones distintas porque estaba obsesionado. Pensaba que para ser fiel a mi idea de los rosales  tenía que mantenerme  fiel a la primera impresión. Confundí la primera impresión con lo primero que me salió. La verdad es que perseveré bastante hasta que la suerte intervino en mi ayuda y me ofreció dos buenas opciones.



rama de rosal silvestre
Para el rosal blanco utilicé el método clásico: olvidarme de él. Giré el lienzo y estuve meses sin mirarlo hasta que un día buscando algo para pintar (hasta ese punto me había olvidado) le dí la vuelta y el cuadro me vino entero y completo a la vista con todo lo que estaba mal y con lo que debía de intentar si quería ceñirme a la energía  que lo inspiró. La verdad es que me puse a pintar  un poco a lo loco porque la tarea era excesiva para lo que yo sé hacer pero la cosa funcionó y el rosal salió como un borbotón, atropellando los límites del cuadro. Tal y como tenía que ser.


rosal rojo detalle del dibujo
El rosal rojo contó con la ayuda de una buena amiga mía que también es pintora. Yo estaba obcecado en mantener el talud y el murito que  marcan el final de la pradera donde está el rosal. Quería situarlos más lejos y poner por allá unas figuritas haciendo no sé qué cosas. La idea era sugerir la convivencia de lo que ocurre y  de lo que pasa, del ritmo tan distinto  que tienen los aconteceres y en cómo podemos reparar en ello o dejarlo correr. Por eso quise poner al rosal, tan quieto él,  envuelto en su espléndido manto de flores, pasando inadvertido de los otros habitantes del cuadro... pero no del espectador. Lo que ocurrió es que no me dí cuenta de que había hecho coincidir la copa de rosal con la línea de base del talud de tal forma que uno parecía suspendido pesadamente encima del otro. Visualmente era un desastre pero para mí resultaba un problema que   no podía identificar. Como no quería renunciar al talud, en donde ocurrirían tantas cosas, no podía enfrentar el problema ni mucho menos dar la solución adecuada: derribar aquel muro. Menos mal que mi amiga pintora me lo hizo ver. Entre tanto y como hago tan a menudo cuando algo no me sale,  merodeaba en torno a la imagen tanteando tal cosa o tal otra a ver si sonaba la flauta. Es una estrategia en la que me enredo  cuando veo que el cuadro se me cae.Y a veces funciona pero sólo en apaños. Así coloqué la figura del dormido y un poco más tarde la de la mujer de pie junto a él.. Esta segunda figura iba a estar tumbada a su lado pero despierta. Sin embargo el conjunto era muy pesado y me pareció más interesante levantarla y hacer que mire al hombre.Uno no sabe si va a arrodillarse junto a él o si por el contrario está harta de su ausencia y le está echando la última mirada antes de irse.